Helena Villagra no podía abrir los ojos. Los ojos le ardían. Se restregaba los párpados y se le salían las pestañas y también las cejas se le salían. Ella estaba en un cine. Cuando por fin conseguía mirar, veía una pantalla negra.
Ya las cenizas de Alberto yacían en tierra de Tucumán, ya crecían las cenizas de Alberto en los verdores de allá. Helena había heredado su sombrero. Helena dormía, y el sobrero de Alberto también dormía; y en el sueño de Helena, el sombrero soñaba.
El sombrero soñaba que agitaba sus alas y girando se iba a volar por ahí, con Helena adentro, acurrucada en la copa.
Ella despertaba mareada de tanto dar vueltas